martes, 2 de febrero de 2016

La historia de siempre, contada como nunca.

  El bar se ha llenado con la cadencia del humo sibilino para quien sabe cómo terminará la noche. El sospechoso saca a pasear su sonrisa seductora mientras oculta la fiera que le desgarra por dentro. Es un sin nombre, y lo sabe, pero en estos momentos estar es lo que importa y él está. Las copas van tintineado al compás de una música que apenas destaca entre el bullicio de la sala; mientras, las cartas ya se han jugado en una partida en la que cada cual cree que tiene la mano ganada. El paso del tiempo es el que determina quién, dónde y cuándo se establecerá el contacto: La victima hace tiempo que se encuentra a tiro. Está medio borracha y tirada sobre un diván imaginario en el que apenas puede mantener el equilibrio. En un intento de aparentar normalidad, esboza una sonrisa qué, tras la pintura corrida, asemeja una mueca burlona del destino.
  El sospechoso, taco de billar en mano, acaricia el hombro de la pérfida que queda marcada en un azul polvoriento llenando de mugre la escena. Una vez más, las sonrisas, llenas de ironía, marcan con rotulador permanente la historia de siempre: El cazador y la presa.
  Pasado un mes, el policía de turno, fotografía en mano, se postula por la barra preguntado un no sé qué, que nadie sabe, simplemente porque a nadie le importa lo que nunca sucedió allí.

4 comentarios:

  1. Así es la vida en un lugar cualquiera.
    Un abrazo.

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    1. En todos sitios hay garitos en los que la escena de mi relato sería una diapositiva como cual quier otra. Un fuerte abrazo.

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    1. Amigo Santiago, te ciega la venda de la amistad, aún así, tus palabras son un buen acicate para mí. Un fuerte abrazo.

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